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Ideologías: ¿motor del cambio o fuerza de control?

A lo largo de la historia, los filósofos han tratado de descubrir cómo funciona el mundo. Esto ha sido analizado desde diferentes puntos de vista; entre ellos, entendiéndolo como un proceso de cambio continuo. Así es como lo entiende Marx: según este filósofo, para comprender el funcionamiento del mundo hay que entender un proceso de cambio estrechamente relacionado con la economía, la cual ha ido determinando las diferentes fases de la historia. Lo que determina la organización tanto social como política de cada una de las épocas no es la ideología ni la religión, sino la economía, los modos de producción. Para comprender esto, primero hay que entender la estructura de estos modos de producción: están formados por la unión de las fuerzas productivas, que a su vez están formadas por los medios de producción, es decir, materias primas e instrumentos, y por la fuerza de trabajo; y por las relaciones que se dan entre quienes poseen lo primero y quienes poseen lo segundo. Así, analizando estas relaciones, llegamos a los distintos modos de producción que se han dado a lo largo de nuestra historia: en primer lugar, existía la sociedad primitiva, en la que los bienes eran colectivos; ésta evolucionó al esclavismo, donde los amos poseían tanto los medios como la fuerza de trabajo, ya que eran dueños tanto de los bienes materiales como de los esclavos. Tras el esclavismo, surgió la sociedad feudal, en la que si bien los señores feudales eran propietarios de los medios mientras que los siervos poseían la fuerza de trabajo, estos últimos estaban totalmente subordinados a los señores feudales, llegando a tener que pagarles por trabajarles las tierras. Por último, el feudalismo dio paso al capitalismo, sistema en el que nos encontramos actualmente, en el que los capitalistas poseen los medios de producción mientras que los proletarios tienen la fuerza de trabajo, estableciéndose relaciones entre ambos aparentemente justas; sin embargo, no lo son, ya que unos pocos, los capitalistas, obtienen beneficios a costa de los proletarios. Esto da lugar a una sociedad clasista, ya existente en el esclavismo y en el feudalismo, con su consiguiente lucha de clases, la cual desembocará en un nuevo sistema, sin clases, en el que la propiedad de los medios sea colectiva: el comunismo.

Estos cambios se han ido produciendo según el método dialéctico, que se divide en tres fases: en primer lugar, tenemos una tesis, la cual está constituida por quienes se benefician del sistema; así, en el esclavismo serían los amos y en el feudalismo los señores feudales. Por oposición a esta tesis, surge una antítesis, constituida por quienes salen perjudicados por el modo de producción: los esclavos en el sistema esclavista y los siervos en el feudal. El resultado de la unión de tesis y antítesis es la síntesis, un nuevo sistema que soluciona los problemas del anterior: el esclavismo evolucionó en feudalismo, y el feudalismo en capitalismo. De este mismo modo, en el capitalismo tenemos una tesis -los capitalistas-, una antítesis -el proletariado- y una lógica síntesis: el comunismo, a partir del cual la evolución se producirá de otra manera, ya que no existiría este método dialéctico debido a la desaparición de las clases.

Este sistema de evolución, aparentemente lógico, deja de entenderse cuando se comprueba que en todos los casos la clase desfavorecida es mucho más numerosa que la beneficiada y, pese a esto, cada uno de los modos de producción se ha mantenido durante un periodo de historia relativamente largo. La explicación a esto está en las superestructuras, las cuales se levantan sobre la economía, estructura fundamental y determinante de cada una de las sociedades. Estas superestructuras son las leyes, las ideologías y el Estado, entre otras. Aunque puede parecer que son las que realmente determinan la configuración de una sociedad, estas superestructuras se limitan a legitimar el modo de producción estando, por tanto, al servicio de los beneficiados por éste. Así, se impone la ideología que estos decidan, de manera que la clase perjudicada toma por bueno el sistema, hasta que la situación se hace insostenible y éste implosiona, produciendo el cambio.

Esta evolución de la sociedad, determinada por la lucha de clases, sigue un esquema simple; sin embargo, esconde algo más complejo: el modo en que unos pocos introducen una ideología, convenciendo a los demás y logrando que se imponga durante siglos. La historia, en definitiva, se resume en que uno expone sus ideas y los demás, pese a salir perjudicados con ellas, las aceptan sin planteárselas siquiera. Eso ocurrió en el esclavismo, en el feudalismo y ocurre en el capitalismo: tan solo unos pocos se plantean la posibilidad de una sistema mejor, mientras que la mayor parte se limita a aceptar lo que los defensores del actual sistema dicen: que el capitalismo es el mejor sistema, justo, en el que se establece un equilibrio automático por la ley de la oferta y la demanda. Esto, como nos demuestra la actual situación económica, no es así.

Pero esta tendencia a aceptar lo que nos digan sin cuestionarlo no se da sólo en lo referente a la economía: aprendemos que algo está bien y nos limitamos a hacerlo y a juzgarlo como algo bueno, sin plantearnos por qué lo es, o tachamos algo de malo sin preocuparnos de si estamos equivocados, simplemente porque nos han dicho que es así, confiando en el juicio de otros con tal de no tener que reflexionar sobre ello o que contradecir a alguien. Al final, no nos diferenciamos tanto de las ovejas que van en rebaño, siguiendo todas a la que va en cabeza. Si de verdad queremos merecernos el título de animales racionales que nos otorgamos, en algunos momentos deberíamos plantearnos determinadas cosas que damos por ciertas: quizá el comunismo sea mejor que el capitalismo, quizá dividir el mundo en países para luego enfrentarlos no es la mejor forma de progresar, o quizá sería mejor dejar de atacar a la cabeza visible de los problemas y pasar a cortar estos de raíz. Pero para que todo el mundo llegue a plantearse esto, quedan demasiados estereotipos con los que acabar, mucho camino por recorrer y muchas preguntas que hacernos a nosotros mismos; mientras no lo hagamos, seguiremos subordinados a las ideas de unos pocos, dejando que estos nos manejen a su antojo.

photo credit: wolfgangfoto via photopin cc

 

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